Emilio Alonso García: el maestro que marcó generaciones en Lorenzana

Emilio Alonso García (1899–1992) dedicó gran parte de su vida a la enseñanza y dejó una huella imborrable en la localidad de Lorenzana, donde ejerció como maestro y director de la escuela de niños durante varias décadas. Nacido en Grulleros, desarrolló su vocación docente en distintos destinos antes de establecerse definitivamente en Lorenzana en 1946, tras haber trabajado en San Vicente del Condado. Su llegada se produjo al finalizar la Guerra Civil, iniciando una etapa que transformaría la vida educativa y social del pueblo.
Como maestro único de la escuela de niños, impartía todas las materias excepto Religión, asignatura que era enseñada un día a la semana por el sacerdote de la parroquia. La escuela era mucho más que un lugar de enseñanza: Emilio Alonso y su esposa la cuidaban de lunes a domingo. Ella se encargaba de la limpieza del edificio y, cuando surgía cualquier desperfecto, ambos lo reparaban personalmente o recurrían a la ayuda de los vecinos. Aquella dedicación reflejaba su profundo sentido de la responsabilidad y del servicio a la comunidad.
Quienes le conocieron lo recuerdan como un hombre bondadoso, generoso, resolutivo y de una corrección ejemplar. Siempre vestía con traje, reflejo de la dignidad con la que entendía su profesión. De niño había padecido sarampión, enfermedad que le dejó como secuela una desviación en la boca, rasgo físico que nunca eclipsó la cercanía y el respeto que inspiraba.
Su pasión por el conocimiento iba más allá de las aulas. Cada verano releía El Quijote y solía repetir una frase que resumía su manera de entender el aprendizaje: «Cada vez que lo leo, aprendo algo nuevo». Esa actitud de formación permanente fue también la que trató de transmitir a sus alumnos.
Su mayor aspiración era ofrecer oportunidades a los niños de Lorenzana. Decía con frecuencia que cada año debía conseguir que uno o dos alumnos dejaran de «destripar terrones», expresión con la que se refería a abandonar el duro trabajo del campo para continuar estudiando y aspirar a un futuro diferente. Gracias a su empeño, muchos jóvenes prosiguieron su formación y desarrollaron carreras profesionales muy diversas.

La educación que impartía no se limitaba a los contenidos académicos. Consideraba fundamental inculcar valores como el respeto, la disciplina y la responsabilidad. Aunque no era una persona especialmente religiosa, acompañaba a sus alumnos a misa los domingos, donde ocupaban las dos primeras filas, convencido de que formaba parte de la educación y del comportamiento que debía promover en los niños.
Su influencia trascendió las aulas. Cuando falleció en 1992, personas llegadas de distintos puntos de España acudieron a despedirle. Eran antiguos alumnos que habían seguido caminos profesionales muy diversos y que quisieron rendir homenaje al maestro que había contribuido decisivamente a su formación y a su futuro. El 12 de noviembre de ese mismo año recibió un homenaje póstumo, durante el cual se colocó una placa conmemorativa que hoy permanece en su lápida.
La vocación docente perduró en su familia. Su hija mayor, Rosa Alonso, también ejerció como maestra, al igual que dos de sus nietas, María Rosa y María del Mar —esta última, hija de su hija menor, Purificación—, quienes cursaron estudios de Magisterio. En aquellos años compartió la vida escolar de Lorenzana con Adelina, maestra de la escuela de niñas, contribuyendo entre ambos al desarrollo educativo de varias generaciones del pueblo.
Años después de su fallecimiento, cuando se creó el Colegio Rural Agrupado (CRA), se decidió darle el nombre de Emilio Alonso. La iniciativa fue impulsada por Álvaro García Díez, entonces presidente de la Junta Vecinal de Lorenzana, quien junto con Manuel Ferrajón, propusieron el nombre ante la Dirección Provincial y solicitaron posteriormente la autorización del Ayuntamiento. De este modo, el recuerdo del maestro quedó unido para siempre a la institución educativa que continúa formando a las nuevas generaciones.
La figura de Emilio Alonso García permanece viva en la memoria de Lorenzana como ejemplo de entrega, humanidad y compromiso con la educación. Más que un maestro, fue un referente para todo un pueblo y un convencido de que la enseñanza era la mejor herramienta para transformar vidas.